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Este relato no es fácil de contar

Son las cuatro de la mañana de un 14 de marzo de 2015, tres hombres armados entran por la terraza.

- Vas a morir cura, vas a morir.

Mi primera reacción es desafortunada, instintivamente propino una patada a uno de ellos, provocando que los tres a la vez, me golpeen en la cabeza con la culata de sus pistolas. Noto la viscosidad de la sangre, absurdo intentar defenderme.

Me tiran al suelo atándome de pies y manos, me dan patadas hasta que pierdo el conocimiento.

Cuando lo recupero, dos de ellos saltan encima. Advierto como se mueve el cuerpo, ya no siento dolor, quizás me han dejado parapléjico.

Mi mente trabaja con rapidez, estoy encerrado en un cuerpo.

Tengo que rezar, traer buenos recuerdos, pensamientos positivos. La idea de entrar por la sala de urgencias en el cielo me hace sonreír, si no es así, tendré que esperar muchos siglos en el purgatorio.

En tan solo cuatro años he enfurecido sobremanera a estos pobres desgraciados, sacando a muchos niños del infierno de la minería.

Me tiran del brazo izquierdo, parece que lo van a arrancar, aprecio el chasquear de los tendones… El dolor se hace inaguantable.

“Podía haber hecho mucho más, pero te amé con toda mi alma. No he tenido otro amor más que Tú, hazme un huequecito y perdona a este hijo tuyo…” Es la hora de la verdad. En unos minutos empezará una vida plena con Dios. Repito durante casi una hora: “Ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte”. “Te amo Jesús, te amo”.

Todo ocurre muy rápido, y a la vez, parece que las escenas pasan ralentizadas.

En décimas de segundo me doy cuenta de que, si no reacciono, pensarán que estoy muerto, y podrán escapar en silencio sin el ruido de la detonación.

Llevan a mi habitación a los dos voluntarios que están en las habitaciones contiguas, los tumban en el suelo maniatados, no les golpean gracias a Dios.

No fue una desgracia, sino un regalo. “Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5,10)… Yo, muy lejos con mi vida de estar en el grupo de los bienaventurados, casi me cuelo en la fila de los mejores.

Si Dios me ha dado otra oportunidad es para seguir haciendo el Hogar Nazaret.

“Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Corintios 12,10).

La fuerza viene de Dios, tenemos la oportunidad de crecer en El cuando nos enfrentamos a los desafíos, el mayor reto es amar y perdonar.

P. Ignacio-María Doñoro de los Ríos

P. Ignacio-María Doñoro de los Ríos

No pude decir que no a Dios. Aquellos que estáis enamorados, sabéis que el amor te atrapa y acorrala. No deja opción. Hacer locuras por amor, es lo que da sentido a una vida. Y veo al Amor en los más pobres. Reconozco su rostro, en medio del sufrimiento, en las puertas del infierno, rescatando niños abandonados.

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