Zapatitos del bebé no nacido

Leo en prensa digital que Xavier Dor, ha sido multado con 10.000 euros por mostrar zapatitos de bebé a una chica para que no aborte.

Siempre tenemos en el Hogar Nazaret, preparadas para regalar, cajitas envueltas con hermosos lazos, contienen zapatitos para recién nacidos.

El origen se remonta a dieciocho años atrás. Siendo capellán del cuartel de Loyola en San Sebastián, España, un soldado me pidió dinero para que su novia abortara.

Tuvimos muchas conversaciones, pero no conseguía disuadirle de sus planes.

Un día, al entrar en casa de mis padres veo la respuesta a tanta oración por aquellos padres, que en su ignorancia, desesperados, iban a realizar el execrable acto. ¡Mi madre estaba tejiendo unos patucos de bebé!

Al regresar al cuartel, ahí estaba en medio del patio mi buen amigo y le entregué el regalo. Al abrirlo me dijo:

—¿Esto es para mí? ¿Para qué me regala usted esto?
—Para que cuando mates a tu bebé y lo tengas que enterrar, le pongas sus zapatitos.

Rompió a llorar diciendo que él no era un asesino. Se acercaron sus compañeros, hubo opiniones poco agradables hacia mi persona.

A partir de aquel momento su novia, él y yo comenzamos a buscar soluciones.

El joven terminó su servicio militar.

Dos años después vino a visitarme, deshaciéndose en agradecimientos, llevaba en brazos un hermosísimo niño.

Cuando nos enteramos en el Hogar Nazaret que alguna mamá quiere abortar, iniciamos las conversaciones regalando unos zapatitos para su hijo.


El Arcoíris

Pareciera que los naranjos fueran a girar para ver la fiesta: los niños corrían detrás de los patos, las ovejas saltaban locas de alegría, los gansos graznaban.

Unos guacamayos sobrevuelan el Fundo Beato Juan Pablo II. Su plumaje azul y rojo intenso, desafía. Imposible presenciar un espectáculo más bello.

La algarabía se convierte en orquesta. La sinfonía, inigualable.

La belleza del paisaje de la selva es tal que me siento como si el Creador me hubiera transportado al paraíso y hablo con Dios.

—Gracias Señor por estos niños, dice la gente que son muy guapos; hace unos meses, llenos de sarna, nadie los miraba a la cara.
—Gracias por sus risas; tiempo atrás debía hacer payasadas para llamar su atención con el objetivo de “enseñarles a reír”. No comprendía cómo había que enseñar a alguien a reír. Ahora su felicidad es contagiosa.
—Señor, los niños están radiantes. ¿Estás contento con nosotros? ¿Cómo te sientes Jesús?

Unas nubes graciosas descargan cubos de agua. Los patos, gansos, ovejas y niños se guarecen, sigo inmóvil, empapado de agua fresca.

Y Dios respondió. Mostró su gozo de ver nuevamente su querido Hogar Nazaret y envió un arcoíris:

“Ésta es la señal del pacto que establezco para siempre con vosotros y con todos los seres vivientes que los acompañan: He colocado mi arco iris en las nubes, el cual servirá como señal de mi pacto con la tierra. Cuando yo cubra la tierra de nubes, y en ellas aparezca el arco iris, me acordaré del pacto que he establecido con vosotros y con todos los seres vivientes”. (Gn 9,12-15)

Gracias Jesús, gracias.


El bebé sin nombre

Este relato tiene color nunca visto.

Acabamos de salir del hospital con María. Estamos agotados.
Cuando nos retiramos a descansar, Juanita nos avisa de que hay un niño de siete meses tirado en la cuneta. Lo han arrojado con la intención de que las aguas se lo llevaran.

Saltamos a la furgoneta. José silba la canción del “Equipo A” y reímos disimulando el nerviosismo. Es un sitio peligroso. Llevamos un gran letrero en la camioneta con nuestro nombre y cada uno aprieta con fuerza su rosario.

Localizamos a la familia y al bebé. Debemos actuar como lo haría Jesús, sin juzgar, debemos mirar a los ojos a las personas que han intentado matar al bebé, con todo el amor del que seamos capaces.

Nuestra actitud les desconcierta. Empiezan a justificarse.
Creo que estoy ante la situación más dura desde que llegué a Puerto Maldonado, al bebé ni siquiera le han puesto nombre.

“Despreciado y desechado de los hombres, varón de dolores y experimentado en aflicción” (Is. 53,3).

Estoy sin ninguna duda delante de Jesús. Tan despreciado que ni siquiera le han querido poner nombre...

Soy sacerdote, soy otro Jesús, debo amar al pecador y tienen que sentir ese amor. Necesito mirarles con los ojos de Jesús.
No he sentido ni siquiera rabia. Dios me ha concedido esta gracia. Por eso este relato es diferente.

Está temblando y tiene fiebre. El médico asegura que se recuperará el bebé sin nombre.

La familia, quizás porque no les hemos juzgado, hará su partida de nacimiento y me darán un poder indefinido hasta que cumpla dieciocho años.

Las flores más bellas nacen en los sitios más inhóspitos.


En el hospital

María, nuestra princesa, empieza a vomitar, la fiebre se dispara. Entramos por urgencias en el hospital. Hay más de cincuenta niños con los mismos síntomas, es un virus peligroso. Las palabras del médico me sacuden el alma: “Esta niña está muy grave, puede morir”. Ante situaciones extremas reacciono con serenidad, pero por primera vez me quedo bloqueado, paralizado.

Una amiga llama por teléfono y al recibir la noticia corre la voz: ”La princesa está muy enferma.”

En pocos minutos la puerta del hospital se llena de amigos a los que no dejan entrar pero consiguen esquivar la seguridad y me rodean y abrazan. Entre tantas manos y lágrimas aprecio que me palpan el bolsillo. Cuando ya se van tengo 600 soles con los que mi primer pensamiento es escapar de aquel sitio pavoroso, desertar de la suciedad, del olor nauseabundo e ingresar a la niña en el Essalud, la clínica de los ricos.

Pero con ella están los pequeños compañeros de la princesa y hay que compartir el maná que Dios nos regala. Compramos pañales, sueros, antibióticos...
Más amigos llegan y todos desean colaborar.
Solo los más pobres saben lo que es la impotencia ante la muerte de un hijo por falta de medios.
Vuestro es el Reino de los Cielos, de los que perseguís la esperanza.

Jesús nos pide no donar lo que nos sobra, sino dar sin reservas, incluso lo que se tiene para comer y entonces:

Él puede hacer el gran milagro del amor.


Y Paquito apareció

Hace dos meses se presentó un padre con sus tres hijos. Valoradas las circunstancias decidimos que los niños se quedaran en el Hogar Nazaret.

Un mes después nos hizo una terrible confidencia: tiene un cuarto hijo, Paquito, de dos años, “que habían hecho desparecer”.

Desde entonces hemos recorrido burdeles repartiendo fotografías, intentado recabar información en los barrios más sórdidos.

Hacíamos guardia en lugares donde adquieren droga, pues allí podrían acudir. He conocido camellos, gente muy extraña, que al menos, necesitaba ser escuchada y he aprendido mucho de ellos.

Ayer con los niños celebré la Santa Misa pidiendo por Paquito. ¿Cuánto conmovería a Dios la oración de un niño, y más todavía, si es el ruego de quienes han pasado por el calvario antes de llegar a Nazaret?
Gritamos al cielo con todas nuestras fuerzas.

Él sabía dónde estaba retenido. Nos lo traería a casa. No podíamos perder la esperanza. Había que vibrar en la Santa Misa, ahora es Cristo el que lo busca, el que con sus llagas pide al Padre por Paquito.

La respuesta del cielo, inexplicable para algunos, no para nosotros, es que a las once de la mañana Paquito estaba en la puerta del Hogar Nazaret.

Así es el Corazón de Dios.
Gracias.


Aprendemos a amar amando

Su nombre es... mejor le llamaremos Pedro, para preservar su intimidad.
La madre había muerto hace un par de años, al padre nunca lo conoció. Tenía once años pero por su baja estatura parecía tener cinco. El rostro estaba lleno de heridas purulentas, andaba cabizbajo arrastrando los pies. Le costaba hablar.

La madre vendió al niño por un par de cajas de cerveza a una perturbada que lo encerró donde criaba cerdos. Pedro vivió cinco años atado a una cuerda, comiendo la comida de los marranos.

Al llegar al Hogar Nazaret, poco a poco fue curando las heridas. Su cara cambió por completo. Aprendió a comer, costó tiempo enseñarle a andar. Todavía más enseñarle a abrazar. Hablaba el español con dificultad pues su lengua era el quechua. Conseguí escolarizarlo. Por primera vez celebró su cumpleaños, se bautizó, hizo la primera comunión...
Aunque llamaba la atención por su corta estatura, aparentemente era un niño normal.

Pero Pedro no lograba arrancar el dolor de su alma. Cada vez que entraba alguien en casa contaba su historia lleno de rabia: “Mi mamá era borracha, me vendió por 300 soles. Cuando murió y abrieron el cajón, no lloré porque la odiaba. Me vendió a una seño mala siendo bebito”.

Un domingo, por la mañana, estaba solo en la cocina y entró Pedro radiante:

—Padre no se imagina lo que me ha pasado. He soñado con mi mamá.
—Pedro, tienes que perdonar, hay que botar ese dolor.
—Padre mi mamá en el sueño estaba muy guapa. Y me ha dicho:
—“Hijo mío perdóname estaba enferma, yo no sabía que esa señora te iba a tratar así.”
—“Si mamá, te perdono”. “El padre me ha explicado que el alcohol es una enfermedad, estabas enferma.”
—“Hijo. ¿Qué vas a ser de mayor?”
—“Quiero ser sacerdote mamita.”
—“Pero, para eso hay que estudiar mucho”.
—“Estoy estudiando harto. Te quiero mamita.”

Desde ese día Pedro empezó a crecer por dentro y por fuera. Se esfuerza en sus estudios. Siempre está contento. La directora del colegio dice que es el niño más feliz que ha conocido. Sus compañeros le adoran.

El perdón nos reconcilia con nosotros mismos, nos libera. Se aprende a amar amando.


Chinito

Cuando los niños regresan del colegio comienza un auténtico espectáculo. A uno le falta un zapato, otro lleva la cara arañada, el otro aparece con la camisa de su compañero. Siempre aporrean la puerta, gritan... Hoy hubo más gritos y alboroto de lo normal.
Abro la puerta. En el umbral está Eidan, mi chinito, con una medalla al cuello; y como torero que ha hecho magnífica faena, le sigue su cuadrilla que aclama y vitorea.

Ha llegado el primero en la carrera que ha organizado el Jardín de Infancia “Las Palmeras”.

Nuestros niños nunca habían conseguido un premio. Siempre, además de arañazos o ropa manchada de tinta, traen notas del profesor sobre la originalidad que han cometido ese día.

Hoy Eidan fue felicitado, quizás nunca le habían ponderado así. Admirado entre sus compañeros, se sintió el mejor. Hoy mi chinito fue importante.

Tiene cuatro años. Llegó hace cinco meses con su hermano Bill, mayor que él. Bill tiene un poco de retraso y el chinito está pendiente de que nadie note los “errores” de su hermano. Siempre sonriente, feliz. Mitiga su dolor, buscando sanar las heridas del otro.
Sus abrazos por la mañana me hacen sentir que es Dios el que me envuelve.

Hoy el Niño Jesús ganó una medalla.


Así es la Divina Providencia

María guarda silencio, mira a José su esposo. Hace horas extras en la carpintería pero no consigue sacar adelante familia tan numerosa. El problema es que Jesús adolescente trae a sus amigos a comer, cenar, e incluso a un buen número les pide que se queden a dormir.

Los llama “herederos del Reino”: niños enfermos, huérfanos, abandonados. En casa de Jesús son felices pero escasea el pan.
María confía y reza. José sigue trabajando, está agotado. Y justo cuando ya habían tomado la decisión de explicarle a Jesús que no puede traer a casa a tantos amigos, llegan los vecinos al Hogar Nazaret.

La escena la habían vivido antes, aquella noche de Belén. Se postran de rodillas ante Jesús, traen todo lo que necesitan: cestos llenos de fruta y verduras, y pollo para José Alejandro, Junior, Richard, Anderson, Jon, Kevin, Iván, Wilfredo y Carlos Mauricio. Zapatillas de deporte para Marco Antonio, pues en el colegio se reían de él porque por sus viejas zapatillas asomaban los dedos.
Cien soles para pagar las clases de recuperación de comunicación a las que asistió Ricardo Kroll.

Otro trae las carísimas medicinas para combatir los parásitos de Vladimir, Cristian Isaías y el pequeño Tarek. Una anciana agarra con fuerza unas gafas que entrega a Jesús, se las ha comprado para Gean Carlo… han pagado los recibos de la luz y el agua, y traído pañales para María.

José ha visto tantas veces que Jesús tenía razón. había que hacer lo que él dijera.

Así es la Providencia, llega en el último minuto, pero siempre llega.
Y Jesús puede seguir trayendo a sus amigos al Hogar Nazaret.
Gracias.


Cumpleaños de la princesa María

Hubiera preferido un saco de arroz o azúcar, pero insistían en hacer una fiesta de cumpleaños a María, la princesa del Hogar Nazaret. Y es que un juguete es más necesario que un plato de comida. Una sonrisa, la mejor medicina.
Quería que la celebración de María fuera diferente, estar a la altura de un hermoso cuento de hadas y princesas, pero leemos en el Evangelio:

“Cuando hagas comida o cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos; no sea que ellos a su vez te vuelvan a convidar, y seas recompensado. Mas cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos; y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos”. (Lc 14,12-14)

Por eso, además de invitar a los amigos de los niños del Hogar, convidamos a las que trabajan en los prostíbulos, a sus hijos.

Hubo un poco de recelo al entrar en el Hogar, pero la fiesta de cumpleaños se fue animando. Bailamos, reímos con el payaso, regalos para todos los niños. Se abalanzaron sobre la preciosa tarta. Era la noche de la princesa María, un anticipo del Reino.

Al terminar la fiesta estábamos cansados pero muy felices. Había sido una fiesta diferente. Los invitados pidieron bolsas para llevar sus juguetes. Metían allí los regalos de la piñata mezclados con trozos de tarta, pasteles… Han desaparecido docenas de cuchillos, platos e incluso algunas sillas. No importa, los pobres se han llevado del Hogar Nazaret lo que es suyo.

Bendito seas Señor que nos has permitido entrar en tu Misterio.


Yo quiero misericordia y no sacrificios (Mt 12, 1-8)

Esta tarde me acerqué a la parroquia. La Misa había terminado.

Un joven adolescente, delante de la puerta espera al sacerdote. Lleva ropa muy sucia, ojos hundidos.
La postura de sus hombros delata cansancio.

Me intento acercar, y alguien se adelanta.
Por la proximidad puedo escuchar la conversación:

—¿Qué te pasa?
—Nada—, responde el joven.
—Estoy mal, espero que salga el sacerdote de la iglesia, quizás él me dé algo de comer.

La respuesta es increíble.

—Tenemos ahora alabanza, vamos a rezar. ¿Quieres venir con mi grupo a cantar?

Siento tanta vergüenza... Doy unos pasos atrás.
Otro del grupo parroquial va hacia él, el aspecto del joven mendigo no pasa inadvertido.

—¿Quieres venir a alabar a Dios?

Con voz temblorosa contesta:

—Ya me invitó tu amigo, gracias. Espero al sacerdote. No he comido, él me dará algo para comer.

Me acerco y me cuenta su historia:
Se escapó de casa, llegó a Puerto Maldonado y allí le robaron todas sus pertenecías: billetera, documentos de identidad, teléfono móvil. Lleva cinco días durmiendo en la calle y sin comer.

Ahora está en el Hogar Nazaret, se ha duchado, ha comido dos platos enormes, ropa limpia. Le hemos pedido que duerma todo lo que pueda hasta reponer fuerzas y veremos los planes que Dios tiene para él.

Resuena una y otra vez la Palabra de Dios en mi:
“Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿Cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (Juan 4,20)

En el Hogar Nazaret, hacia las diez de la noche, sin el bullicio constante de los niños, hemos celebrado la Santa Misa y pedido por esos dos que tenían prisa en "alabar a Dios".
Si los pobres no viven en mí, ¿Cómo vivir en Dios?