Yo quiero misericordia y no sacrificios (Mt 12, 1-8)

Esta tarde me acerqué a la parroquia. La Misa había terminado.

Un joven adolescente, delante de la puerta espera al sacerdote. Lleva ropa muy sucia, ojos hundidos.
La postura de sus hombros delata cansancio.

Me intento acercar, y alguien se adelanta.
Por la proximidad puedo escuchar la conversación:

—¿Qué te pasa?
—Nada—, responde el joven.
—Estoy mal, espero que salga el sacerdote de la iglesia, quizás él me dé algo de comer.

La respuesta es increíble.

—Tenemos ahora alabanza, vamos a rezar. ¿Quieres venir con mi grupo a cantar?

Siento tanta vergüenza... Doy unos pasos atrás.
Otro del grupo parroquial va hacia él, el aspecto del joven mendigo no pasa inadvertido.

—¿Quieres venir a alabar a Dios?

Con voz temblorosa contesta:

—Ya me invitó tu amigo, gracias. Espero al sacerdote. No he comido, él me dará algo para comer.

Me acerco y me cuenta su historia:
Se escapó de casa, llegó a Puerto Maldonado y allí le robaron todas sus pertenecías: billetera, documentos de identidad, teléfono móvil. Lleva cinco días durmiendo en la calle y sin comer.

Ahora está en el Hogar Nazaret, se ha duchado, ha comido dos platos enormes, ropa limpia. Le hemos pedido que duerma todo lo que pueda hasta reponer fuerzas y veremos los planes que Dios tiene para él.

Resuena una y otra vez la Palabra de Dios en mi:
“Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿Cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (Juan 4,20)

En el Hogar Nazaret, hacia las diez de la noche, sin el bullicio constante de los niños, hemos celebrado la Santa Misa y pedido por esos dos que tenían prisa en "alabar a Dios".
Si los pobres no viven en mí, ¿Cómo vivir en Dios?


Alta traición

Hace ya casi veinte años cambió mi vida ver morir niños por desnutrición en las montañas de Panchimalco en San Salvador. No me lo habían contado, o era tan solo un programa de televisión, algunos murieron en mis brazos. Desde entonces oigo el pitido de su débil voz agonizando, el grito de los niños crucificados, el grito de Cristo en la cruz.

Vi niños muy pequeños en Bogotá vagando por las calles, drogándose con pegamento. Niños en los semáforos tragando gasolina para luego encenderla en sus bocas y así hacer de reclamo pidiendo unas monedas… niños sometidos a abusos… no me lo contaron, lloré con ellos. Lo mismo sucedió en Tánger, en Mozambique…

Y mientras siguen muriendo en la cruz, mientras ellos son explotados, tú y yo dormimos tranquilos, comemos, rezamos al mismo Dios e incluso nos consideramos buenas personas.

He vivido, ahora me avergüenzo, donde se tira la comida a la basura, donde los niños van a clases particulares absurdas, juegan con juguetes sofisticados.

Por eso tuve que dejar España y venirme a la Selva del Amazonas del Perú. Era mucho más que una protesta ante el mundo que hemos destrozado. No es fácil estar a los pies de la cruz de Cristo, y -perdón por la imagen pero es muy exacta- que la sangre del mismo Dios caiga encima del rostro.

Necesitamos tu ayuda. Ya se hace insostenible el cansancio físico. Imposible atender a los niños y salir a las calles a vender comidas o a trabajar en cualquier cosa para que el Hogar Nazaret siga abierto. Sería alta traición regresar a España pensando que ya hice lo suficiente.


El avión

Quisiera ir en borriquilla, más despacio, pero el Señor me lleva en avión. El avión sube y sube, sortea nubes, atraviesa tormentas... alguna que otra vez parece que en medio de las nubes veo la sonrisa de Dios.

Esta mañana me reía como un bobo yo solo. ¡No me podía levantar de la cama! Me dolía todo el cuerpo. Ayer estuve cocinando desde las seis de la tarde hasta las doce de la noche. Se había estropeado la congeladora y había que cocinar como para un cuartel.

Y leo el Evangelio del día:

"Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado."

No solo veía desde la ventanilla de mi avión la sonrisa de Dios, sino que me saludaba y me decía que mi comida estaba riquísima.

Emociona un Dios que no quiere ser servido, sino servir; un Dios que no exige que nos postremos ante Él, sino que le dejemos lavarnos los pies o servirnos a la mesa; un Dios manso y humilde de corazón, que abandona todos sus derechos, para obtener solamente el de servir.


María

Empieza la merienda y el reparto de galletas, la misma cantidad para cada niño.
María sentada en su sillita levanta la cabeza y grita: “ah, ah, ah ...”

Con sus dos dientecitos, come su galleta con destreza y grita otra vez: “ah, ah, ah ...”

No le hacen caso y comienza la seducción. Estira su mano abriendo los deditos, hace bailar sus ojos de alegría y sonríe mostrando los hoyitos de las mejillas.

Pareciera una nueva Blanca Nieves que vuelve a reunir a los enanitos... y ¡milagro! Consigue una galleta de cada uno.

El reto con los niños de Nazaret es que aprendan a amar. Les enseñamos que den un beso o la mano cuando alguien les saluda pero, aparte del protocolo, no hay gestos de cariño espontáneo. No les enseñaron a querer.

La besan, la zarandean, le muerden su pie. Les está enseñando a amar.

Ha conseguido en estos cinco meses, lo que no hemos logrado en dos años; María es la mejor de las terapeutas.
¡María es la mejor de las terapeutas!


Sillita de dos plazas

—Señora, ¿de cuántos meses está?
—No, no, es una hermia que tengo que curar.
—Por favor, dígame de cuantos meses está...
—La hernia me produce gases, no estoy embarazada.
—Señora por favor, un hijo es una bendición. ¿De cuántos meses está embarazada?.
—Hace cuatro meses me violaron en la minería, lo tengo que extraer. Por favor señito, levántese.
—Usted tiene dos hijos en el Hogar, en su vientre está la más bella bendición de Diosito.

El Hermano Daniel y yo la abrazamos con fuerza durante un tiempo, está aterrada.

—Padre, mi tía me ha aconsejado que me lo saque.

Comienza una larga conversación. Llamamos a la Doctora Natacha, durante tres horas hablamos, planeamos el futuro del bebé y de la mamá. Buscamos nombres de niño y niña. "Debo conseguir que se haga una ecografía".

—Descanse, mañana vengase a comer con nosotros, tengo una sorpresa.

Hace un año el Padre Pablo Zabala nos había regalado una sillita de bebé de dos plazas. Esperábamos regalársela a alguna mamá necesitada que tuviera gemelos, pero ahí seguía la sillita. Por la mañana llega puntual la mamá y le enseñamos la silla.

—¿Ve? El Señor todo lo tenía planeado. Aquí llevaremos a María y aquí irá el otro bebé. No hay una sillita más elegante en todo Puerto Maldonado. Tome el cepillo, apúrese, hay que dejarla como nueva.

Durante toda la mañana limpia la silla donde pasearán sus hijos.
Por la tarde nos esperan en el Hospital Santa Rosa. Hacen un análisis de sangre.

La prueba sale positiva.

—Si es niño, quiero que se llame como usted y si es niña Ciara María.

Una persona más se incorpora a la aventura, la Beata Ciara Lubich será una excelente intercesora.

Vengo ahora de la Clínica Fabi. ¡Hemos escuchado el latir del corazón y visto sus piernecitas!
El pequeño Ignacio María nacerá para finales de septiembre.