¿Cómo nació el Hogar Nazaret?
El siguiente relato es un extracto adaptado del libro Fuego de María, escrito por el Padre Ignacio María Doñoro, fundador de Hogar Nazaret.
El Hogar Nazaret nació de una asociación llamada Anoitasun Eusko Elkartea (Asociación Vasca por la Hermandad). En ese momento había salido una ley por la que todos los ayuntamientos del País Vasco tenían que destinar un 0,7% a cooperación internacional. En la mayoría de las ocasiones, ese dinero iba a parar a países donde había refugiados de ETA, quienes a su vez habían organizado sus propias ONGs.
Con el fin de conseguir que ese dinero se destinara a causas buenas y no acabara en manos terroristas, se nos ocurrió a varios amigos y a mí montar una ONG.
Nos presentamos en algunos ayuntamientos y en un tiempo récord conseguimos varios millones de pesetas. Posteriormente creamos otra asociación a la que llamamos ACUDE (Acción Unida de Europa) y, con esos fondos, empezamos a prestar ayuda en distintos países.
La increíble historia de El Salvador y Marruecos
Acudí a El Salvador como comisionado de un proyecto de ayuda humanitaria y allí descubrí algo que nunca hubiera imaginado: vendían niños para el tráfico de órganos. Haciéndome pasar por un traficante, logré comprar un niño por solo 26 dólares. Aquello me pareció tan espeluznante que decidí consagrar mi vida a luchar contra la trata de menores y contra cualquier tipo de abuso cometido contra niños.
En 2005 creamos SOS Infancia y pusimos en marcha tres casas de rescate en Tánger (Marruecos), de las que se harían cargo órdenes religiosas. Lo mismo sucedió en Beira (Mozambique), pero en esta ocasión las casas estaban destinadas a proteger a niños abandonados que padecían SIDA.
En Marruecos aprendí algo que me ha servido siempre que he tenido que viajar a lugares desconocidos. Recuerdo con cariño, y a la vez con mucho horror, algo que me sucedió con Josef, un niño que encontré en la calle en Tánger. Josef tenía el tobillo hinchado como una pelota de tenis debido a una infección.
Lo llevé al consultorio con unos médicos ugandeses para que le curaran. Le sacaron todo el pus de la herida y Josef ni rechistó. Luego he visto que hay muchos niños que sufren tanto que parecen insensibles al dolor; no es que no les duela, sino que tienen una capacidad sobrehumana para soportar el sufrimiento.
En Tánger había una psicóloga española a quien le conté el caso de Josef y le pedí que me llevara a ver dónde vivía. Me condujo hasta una zona ruinosa y extremadamente sucia en el muelle de Tánger. En un punto determinado se detuvo:
—A partir de aquí ya no podemos seguir. Es peligroso.
—Vamos a acercarnos un momento… —insistí.
—No. No se puede.
Seguí insistiendo hasta que la convencí. Nos acercamos lentamente y, cuando estábamos muy cerca de los edificios en ruinas, vi a lo lejos a Josef en un quinto o sexto piso, saludándome. Le oí gritar, pero de inmediato me di cuenta de que no me gritaba a mí, sino a un grupo de hombres que nos rodeaba por la espalda. ¡Estábamos acorralados!
En cuestión de segundos, casi como Spiderman, Josef se deslizó por la fachada hasta abajo y comenzó a gritar a aquellos tipos para que nos dejaran en paz porque éramos sus amigos. Gracias a Dios no pasó nada, pero comprendí que hay que escuchar siempre a quienes conocen el terreno antes de actuar.
En El Salvador me sucedió otra cosa que volvió a demostrarme que el que llega de fuera tiene que ir con la intención de aprender y acoger, sin tratar de imponer sus ideas por buenas que parezcan.
Cuando llegué a El Salvador me fijé en que los niños iban descalzos. Llevaban uniforme (en todos los países hispanoamericanos es obligatorio ir al colegio con uniforme), pero iban descalzos. A la religiosa de la casa le dije que quería comprar zapatos para todos. Ella me aconsejó que no lo hiciera, pero yo me empeñé en llevármelos a una zapatería. Se pusieron contentísimos.
No sabían cuál era su número, porque no habían usado nunca zapatos; se ponlan uno que les estaba enorme y decían que les quedaba muy bien. Tardamos una tarde entera, a pesar de que me llevé voluntarios, en conseguir las tallas correctas.
El lunes siguiente fueron al colegio con sus zapatos. A la vuelta, solo diez de los cien volvieron con los zapatos puestos. El resto los habían vendido, o como les habían molestado, hablan decidido tirarlos.
La religiosa de la casa me miró y me dijo:
—¿Ves? ¿Te das cuenta?
Yo me sentí fatal, pero entendí que no podemos juzgar y que todo tiene sus tiempos. La religiosa, que llevaba muchos años en aquel país, sabía muy bien que los niños, poco a poco, aprenderían a usar zapatos. Lo que no podía pretender yo era venir desde fuera y decir lo que había que hacer y lo que no (y menos «exhibiendo» dinero). El que llega de fuera tiene que acoger y evitar juzgar, imponer o comparar.
