El Coliseo: donde la muerte se convierte en luz
Por el Padre Ignacio María Doñoro
Hay lugares en el mundo donde el silencio grita. El Coliseo Romano es uno de ellos. Al cruzar sus arcos milenarios, uno no solo pisa piedra y arena; pisa la memoria del martirio de los cristianos. Estoy aquí, en el corazón de Roma, gracias a la generosidad de unos amigos que han permitido que el Hogar Nazaret esté presente en este altar del sacrificio. Y mientras observo la inmensidad de esta arquitectura, no puedo evitar ver en ella un reflejo de nuestra propia historia.
El significado del Coliseo Romano
El Coliseo es, ante todo, el símbolo por excelencia del martirio. Aquí, los primeros cristianos no se enfrentaban a la muerte con resignación, sino con una alegría que desconcertaba a sus verdugos. Eran devorados por los leones, pero sus rostros resplandecían porque sabían que el rugido de la fiera era solo el preludio de la voz de Dios.

Para ellos, como para nosotros hoy, la muerte no es un final, sino la puerta estrecha hacia la Vida Eterna. Se entregaban a los brazos de la muerte porque sabían que, en realidad, eran los brazos de Cristo.
La lucha contra los gigantes
En segundo lugar, este monumento nos habla del poder. Del poder del tirano, de la soberbia del mundo que hoy se disfraza de «Nuevo Orden Mundial», de ideologías que intentan silenciar a la Iglesia.
El demonio siempre ha querido pisar la fe, y el Coliseo fue su escenario principal.
Al mirar estas ruinas, recuerdo las vicisitudes que hemos pasado en el Hogar Nazaret. Al igual que los primeros cristianos, hemos caminado solos. Hemos sido difamados, nos han faltado apoyos institucionales y hemos tenido que vender comida y bebida por las calles para sobrevivir.
Yo mismo, como bien sabéis, llegué a tocar la muerte de cerca en la selva, rescatando a los pequeños; me dieron por muerto, pero Dios tenía otros planes.
Ese es nuestro Coliseo particular: resistir cuando todo el poder del mundo parece estar en contra, sabiendo que nuestra fuerza no viene de los hombres, sino de lo Alto.
Hogar Nazaret: Una familia sobrenatural
Nuestra labor en el Hogar no es una simple asistencia social; es una espiritualidad encarnada. Al igual que en el Vía Crucis que cada año recorre estas piedras junto al Santo Padre, nosotros recorremos nuestro propio camino de la cruz junto a los niños «crucificados» por la miseria y el abandono.
Lo que hace que nuestra propuesta sea única en el seno de la Iglesia es nuestra forma de entender la dignidad:
- Integralidad: No solo llenamos estómagos; sanamos almas y construimos una familia sobrenatural.
- Empoderamiento: No buscamos la dependencia. Queremos que nuestros niños sanen sus heridas, lleguen a la universidad y transformen sus comunidades.
- Sostenibilidad: Con nuestra finca de 70 hectáreas, trabajamos la tierra para generar nuestros propios recursos, demostrando que la caridad también es gestión y esfuerzo.
De la cruz a la luz
Desde este lugar sagrado donde la sangre se hizo semilla, os doy las gracias. Gracias por creer que, aunque el camino pase por la cruz, el destino final es siempre la Luz. En este viaje a Roma, os aseguro que todos vosotros, los que sostenéis el Hogar Nazaret, estáis aquí conmigo, frente al martirio, frente a la historia, y bajo la mirada de Dios.
Porque solo quien se entrega por amor, vive para siempre.
