El secreto no ha cambiado (aunque la selva sea otra)
Miro la portada de ese libro, «El secreto es Jesús», y me cuesta creer que hayan pasado ya cuatro años desde que la Editorial Nueva Eva lo puso en las manos de tantos de vosotros. Cuatro años en la Amazonía peruana no se miden en el calendario; se miden en las cicatrices que se cierran, en los niños que dejan de llorar por las noches y en los milagros cotidianos que sostienen esta casa contra viento y marea.
Cuando me senté a volcar el alma en aquellas páginas, el Hogar Nazaret estaba en mitad de una batalla hermosa pero extenuante. Teníamos trescientos niños y el corazón en un puño. Recuerdo que en una entrevista por aquellos días me preguntaban por qué me atraían tanto los más rotos, los que llegaban desfigurados por fuera y pulverizados por dentro.
Y la respuesta hoy sigue siendo exactamente la misma, porque no tengo otra, porque no sé vivir de otra manera: me atraen como un imán porque ahí dentro está Jesús. Se pone una careta, a veces una careta terrible de dolor y de abandono, y se la pone muy mal, porque al final siempre se le reconoce.

Jesús nos mira a través de los ojos de un niño violado, de una niña vendida, de un pequeño rescatado de las garras de las mafias en la región de San Martín. Y te dice al oído: «A mí me lo hiciste».
Hace cuatro años, en ese libro que hoy os invito a releer o a descubrir por primera vez, yo os hablaba de sueños. Os hablaba, casi con la angustia de quien no sabe si llegará al mes siguiente, de que necesitábamos terminar el complejo El Rocío para acoger a más niñas, de que la casa de Carhuapoma se nos había quedado pequeña y de que queríamos ver a nuestros primeros chicos pisar la universidad o el seminario.
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Hoy miro alrededor y se me saltan las lágrimas. Esos folios que escribí se han convertido en carne, en ladrillos, en vidas transformadas. Aquellas niñas que esperaban un refugio seguro hoy duermen tranquilas bajo un techo donde nadie las va a lastimar.
Los chicos que entonces daban sus primeros pasos en los estudios hoy son jóvenes maduros que asumen responsabilidades dentro del Hogar, algunos en las aulas universitarias, devolviendo al mundo la dignidad que una vez les arrancaron.
Releer el libro hoy no es hacer memoria del pasado; es tocar con las manos la fidelidad de Dios, que no se deja ganar en generosidad.
La selva no da tregua
Vivir aquí nunca ha sido fácil, y quienes me conocen saben que si me hubiera puesto a calcular los riesgos o a mirar los presupuestos antes de dar un paso, el Hogar Nazaret no existiría. Nos han golpeado, nos han amenazado las mafias, hemos pasado noches enteras sin saber cómo íbamos a llenar las ollas al día siguiente. Sin embargo, el mayor peligro no es que te den una paliza o que te falte el dinero; el único riesgo real, el que me hace temblar cada mañana desde que me levanto hasta que me acuesto, es tener a Cristo en mis manos y fallarle.
Tener la oportunidad de sanar su carne sufriente en estos niños y mirar para otro lado por comodidad o por miedo.
Muchos me preguntan de dónde sale la fuerza cuando las fuerzas humanas simplemente se agotan. La respuesta está en la misma portada del libro. Es una imagen inspirada en lo que viví hace años en Beira, en Mozambique, cuidando a niños nacidos con el VIH, y que se repite cada tarde aquí en el Amazonas.
Eran niños con los días contados, pero eran ridículamente felices. Se subían a mis hombros, me tapaban los ojos con sus manitas y me guiaban a ciegas. A veces me estrellaban contra una pared y se partían de risa. Esa es, exactamente, mi definición de la fe. Yo no llevo el peso del Hogar Nazaret. Yo no cargo con el dolor de la selva.
Jesús está subido a mis hombros
Es Jesús quien está subido a mis hombros, es Él quien sostiene mi vida entera y es Él quien me lleva por donde quiere, riéndose de las situaciones que a mí me parecen imposibles y complejas. Saber que, por encima de todo el sufrimiento del mundo, Jesús ríe y es feliz cuando amamos a sus pequeños, es lo que me levanta de la cama cada día.
Por eso, en el Hogar Nazaret repetimos siempre una frase de san Francisco que confunde a los sabios de este mundo: «La pobreza termina a los pies del altar». En nuestro día a día somos austeros hasta el extremo. Limitamos cada gasto, remendamos la ropa, estiramos la comida para que llegue a todos. Pero cuando entramos en la capilla, cuando nos acercamos al Sagrario, ahí no se escatima nada.
Jesús en la Eucaristía es el más pobre de los pobres: el que más da y el que menos recibe. Por eso, su altar tiene que ser el de un Rey. Porque si no cuidamos con devoción extrema el Corazón de Aquel que es el origen de todo, lo que hacemos aquí sería simple filantropía, y la filantropía no salva a nadie; solo el Amor salva.
Queridos amigos, este libro, «El secreto es Jesús», no ha envejecido un solo día. Está más vivo que nunca porque la batalla por la infancia en el Amazonas sigue abierta. Siguen llegando niños rotos y seguimos necesitando manos que nos ayuden a sostenerlos. Os invito a asomaros a estas páginas, no para leer sobre mí, sino para encontraros con el Secreto que puede transformar también vuestra vida.
No hay fronteras para el amor. Aunque estéis lejos, podéis seguir caminando conmigo a ciegas, dejándonos guiar por el Señor. Gracias por vuestras oraciones, por vuestro cariño y por seguir haciendo posible que el grito de Jesús —«Dejad que los niños se acerquen a mí»— sea una realidad viva en esta esquina del mundo.
Con mi bendición y todo mi agradecimiento,
P. Ignacio María Doñoro Fundador del Hogar Nazaret
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