El octavo sacramento: los más pobres de los pobres
Textos recogidos del libro El Fuego de María del padre Ignacio María.
Sé perfectamente que el Concilio de Trento (1545-1563) definió que hay siete sacramentos; pero para mí, desde la vivencia del Hogar Nazaret, los más pobres de los pobres son como un octavo sacramento, porque los sacramentos son «signos visibles y eficaces de la gracia». Así lo decía santa Teresa de Calcuta, nuestra referente.
Así como los sacramentos nos restituyen, nos dan la gracia y la aumentan, y son el medio que Dios ha puesto para llevarnos al cielo, los más pobres de los pobres son un kairos: un momento especial, un signo que vemos y que produce en nosotros un gran aumento de gracia que sana nuestras heridas. A eso me refiero cuando digo que son un octavo sacramento.
Los niños crucificados: el rostro de Dios
Los más pobres son los preferidos de Jesús, y si son niños, todavía más; y si encima son niños crucificados, ahí es donde estás viendo directamente el rostro de Dios. Para mí, servirles, lavarles los pies y atenderles es una necesidad de amor.
Servir es convertirse en pesebre. Yo me imagino el pesebre de Belén no con ángeles cantando, sino como un lugar maloliente donde comían los animales. Mis niños llegan externamente destrozados, con heridas purulentas por dentro y por fuera. Eso es el pesebre, eso es lavar los pies.
Y después, cobra todo su sentido celebrar la misa para traer al mismo Dios a la tierra y así hacerse uno con Él, para formar parte de Dios y que Dios forme parte de nosotros. Es un movimiento de abajo arriba y de arriba abajo. Se trata de lavar los pies desde abajo para levantar a cada niño y que luego en la Eucaristía, en el momento epiclético, sea Dios quien desde arriba se anonade hasta abajo para que le comamos.
Hay que hacerles sentirse únicos y especiales
Una parte muy importante de la recuperación de los niños es que se sientan únicos y especiales, y tengan la plena seguridad de que se les quiere muchísimo tal como son. Cada niño tiene que sentir que es su día, como mínimo, dos veces al año: ya sea por su cumpleaños, porque le hayan concedido un premio en el colegio o por cualquier otro motivo que se salga de lo corriente.
Además, procuro buscar un espacio personal donde pueda dedicar mi tiempo a cada niño, aunque no siempre es fácil.
Recuerdo una ocasión en que me llevé a cuatro adolescentes varones a comprar ropa a una ciudad que estaba a varias horas de distancia. Nada más llegar, lo primero que hicimos fue comer en una cevichería, algo que nunca habían podido permitirse y que les encantó. Ir a comprar ropa a una tienda también constituía una absoluta novedad para ellos. Yo llevaba una lista con lo que tenía que comprar cada uno y, antes de entrar, les expliqué el dinero con el que contaban:
—Tenéis que elegir pantalones, camisetas y calcetines que no se pasen de este precio. —No, papá, elígenos tú la ropa —me dijeron. —No, cada uno tenéis que elegir vuestro estilo.
Suele costarles decidirse. Muchas veces lo que hago es poner tres camisetas o tres pantalones para que ellos elijan uno. Tampoco entienden lo de la talla, porque nunca se han puesto ropa de su medida y no le dan importancia al tamaño.
Cuando por fin eligieron unas cuantas cosas y se fueron al probador, yo me quedé esperando algo apartado. Me di cuenta de que el dependiente estaba escuchándolos, y luego vi que le preguntaba a uno de ellos:
—Oye, ¿ese señor es tu papá? —Sí, somos hermanos —respondió el chico. —Pero no os parecéis. —Es que somos de diferentes mamás.
Supongo que si a cualquier niño en España un desconocido le preguntase por la calle si es adoptado, se sentiría muy mal por la intromisión. A mis niños les sucede lo mismo cuando alguien les pregunta si yo soy su verdadero padre y, como ese tipo de preguntas son siempre muy similares, ellos tienen ya estudiadas las respuestas.
—¿Es tu papá biológico? ¿El que te ha engendrado? —seguía insistiendo el dependiente, sin darse cuenta de que les estaba estropeando el momento mágico de elegir por primera vez en su vida su propia ropa—. ¿Pero vamos a ver, este hombre no es sacerdote? (yo iba vestido de clergyman). ¿Cuántos hermanos sois?
—Somos ochenta y dos —le contestó el mayor de los chicos, que ya estaba harto. Y añadió—: Es que nuestro papá, antes de ser cura, ha sido recontrapendejo.
El chiste consiguió romper la tensión a la que se habían visto sometidos los cuatro muchachos.
