La obligación de ser felices ahora
Este texto está sacado del libro El Secreto es Jesús, escrito por el fundador del Hogar Nazaret, el padre Ignacio María Doñoro.
Hay una frase que yo repito muchísimo a los niños, y es que tienen la obligación de ser felices ahora, en la tierra, para ser luego eternamente felices en el cielo.
Esto es una preparación, un anticipo de la felicidad que nos espera.
El pasado de los niños no puede ser una losa con la que carguen toda la vida. Es necesario que se reconcilien con el pasado, cada uno a su ritmo. Algunos tardan años, otros días.
El pasado mal llevado impide vivir el presente.
Yo les pongo el ejemplo de una carrera de atletismo: hoy estamos corriendo esta carrera y nos centramos en ganar ahora, no en pensar en carreras que hemos perdido o en las que no hemos participado.
Vivir el presente: el pasado es memoria, el futuro es misterio
Del pasado solo queda la memoria de la experiencia vivida, y el futuro nunca será como lo hemos imaginado.
Sabemos que el control de nuestra vida no lo llevamos nosotros, sino Dios, si le dejamos. Abandonarse en manos de Dios, sabiendo que hacemos su voluntad, es fuente de una felicidad profunda. Lo importante no es lo que pasó ayer ni lo que vamos a hacer mañana, sino evitar apartarnos del Señor. Vivir el hoy te da otra perspectiva sobre las cosas y te adentra en Dios.
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Cada día es una oportunidad de amar en las circunstancias que nos toca vivir, habitando el momento presente y dedicando toda nuestra atención a la persona que tenemos delante.
Esto lo aprendí de Monseñor José Guerra Campos, obispo de Cuenca, que me ordenó y me quería como un padre. Cuando estaba con alguien, se olvidaba de todo lo demás. Le miraba directamente a los ojos y le trataba como si no hubiese otra persona más importante en el mundo.
Eso es lo que hacen los santos. Es lo que me pasó cuando me crucé con san Juan Pablo II: me miró y yo le miré, y el tiempo se detuvo. No tenía prisa. Creo que esa es la mirada de Dios, una mirada que te dice: «Tú para mí eres único. Eres muy importante. Quiero disfrutar este momento contigo, aunque sea una tontería».
Pensar que esto que estoy haciendo ahora es todo lo que tengo que hacer es el inicio del cambio, la oportunidad que Dios me está dando.
Como no puede ser de otro modo, el Hogar Nazaret tiene normas, pero todas están sujetas a un bien muy superior: bajar a los niños de la cruz. Cada vez que hay un niño crucificado, todo se deja, todo se relativiza, y ya no hay horarios.
A veces me toca celebrar misa a las diez de la noche y rezar hasta la madrugada, porque antes no he tenido tiempo material para celebrar misa ni para orar. Y Dios tiene que tener su tiempo.
Puede parecer una historia de locos, pero esa era también la historia de Jesús con los apóstoles. En el Evangelio leemos que tenían que buscar un sitio para retirarse a orar donde la gente los dejara tranquilos… El Señor se compadecía y rompía las reglas. No le importaba que fuera sábado, ni el lugar, ni la procedencia, ni la raza.
Hoy Dios se sigue compadeciendo, y lo hace a través de nosotros.
Vivir el presente es profundamente evangélico:
«A cada día le basta su propio afán» (Mt 6,34);
«Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados» (Mt 10,30);
«No os procuréis oro, plata ni cobre en la faja; ni tampoco alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón» (Mt 10,9-10);
«Vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis» (Mt 6,8).
La confianza en Dios y vivir el hoy sin hacer tantos cálculos —para qué acumulas, para qué piensas tanto, para qué quieres calcularlo todo, ¿no te das cuenta de que te puedes morir mañana?— nos ayudan a ver cada momento de nuestra vida como un regalo de Dios.
Quizá se trata de hacer menos y disfrutar más, y que lo poco que hagamos, lo hagamos con todo nuestro amor.
Jesús nos exhorta a no vivir agobiados:
«No estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir» (Mt 6,25);
«¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá…?»
