La oración de los humildes
Si hay algo que me conmueve hasta las entrañas es la espontaneidad de la relación de los niños del Hogar Nazaret con Jesús.
Tienen una conciencia clara de que Jesús es uno más en la casa. Saben que es el más importante, pero no deja de ser uno más, una Persona, un Corazón vivo que está en el sagrario.
Por eso, con toda naturalidad van a la capilla a saludar y a despedirse de Jesús según entran o salen de la casa.
Cuando por la mañana hacen oración, en silencio dan gracias a Dios y le piden lo que necesitan. Les enseño que lo primero es dar gracias y luego pedir por las necesidades. ¿Y qué hay que pedir? Cosas importantes, no banales.
A Jesús tenemos que pedirle la vida eterna.
¡Con qué confianza y naturalidad le hablan! En más de una ocasión, cuando estoy rezando solo en el oratorio, entra alguno de los niños. A lo mejor está jugando al fútbol, entran, dicen algo en voz alta –«Jesús, te quiero mucho. Me ha salido muy bien el partido, y aunque Fulanito me ha empujado, yo luego…», y le cuentan lo que ha pasado como se lo contarían a otra persona–.
Y luego salen corriendo otra vez. Cada niño reza de manera diferente, pero es una oración llena de simpatía, de amor y de confianza.
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