Llevaba 30 años escondido en un sótano y la Virgen lo salvó
El siguiente testimonio es un extracto del libro El Secreto es Jesús, escrito por el Padre Ignacio María Doñoro, fundador de Hogar Nazaret.
Tengo que dar muchas gracias a Dios porque, tanto en las parroquias como en los destinos militares donde me han enviado, me he sentido muy bien y muy querido, y he querido muchísimo a la gente que la Iglesia me ha encomendado.
Pero hubo una parroquia muy especial que llevaré siempre en el corazón, aunque solo estuve un año. Era la parroquia de Manzaneruela, una aldea de Landete (Cuenca) donde, al menos cuando yo estuve, muchas calles estaban sin asfaltar y solo había un teléfono para toda la aldea.
En el mes de febrero conseguimos llevar una imagen peregrina de la Virgen de Lourdes. En el pueblo nunca habían celebrado un acontecimiento así; se puso todo patas arriba. Durante dos semanas, los hombres dejaron de trabajar para dedicarse a arreglar las calles, encalar las casas y colocar unos bancos que había regalado la Caja Rural.
Pero más importante que engalanar el pueblo para acoger a la Virgen era preparar bien el corazón, y todo el pueblo se confesó. Tuve la gracia de poder conseguir agua de la Gruta de Massabielle. Me trajeron varias garrafas de 50 litros para que todos los que asistieran ese día pudieran llevarse un poquito de agua de Lourdes.
La noticia se fue extendiendo a otros pueblos cercanos y, como mucha gente quería asistir, tuvo que venir la Guardia Civil para organizar en las afueras del pueblo una zona de aparcamiento para coches y autobuses. Así, cuando finalmente llegó el día, había una multitud esperando a la Virgen. Como en la iglesia era imposible que cupiera tanta gente, la habíamos reservado exclusivamente para confesar. Estuvimos diez sacerdotes confesando durante todo el día. Las gracias fueron incalculables…
Pero cuando todo iba estupendamente, se produjo un problema: allí nadie quería que por nada del mundo se llevaran a la Virgen. Tuvimos que hablar con las encargadas de la Virgen peregrina, que se mostraron muy comprensivas y generosas con Manzaneruela y nos autorizaron a tenerla un día más.
Esa noche se quedó mucha gente de guardia rezando rosarios. Verdaderamente, aquel pueblo era un trocito de cielo.
Al día siguiente, cuando ya no había más remedio que devolver la imagen de la Virgen y yo me estaba preparando para llevármela, vino una señora y me dijo que todo el pueblo había podido estar con la Virgen… sí, excepto su suegro. Todo el mundo se la quedó mirando.
—¿Pero qué estás diciendo, mujer? ¡Si tu suegro murió hace muchos años! —le dijeron, porque todos se conocían y la mayoría eran familia.
—No, mi suegro no murió.
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Nos quedamos atónitos. Aquella señora nos explicó que su suegro, Pedro, que había sido un hombre muy bueno, con la edad había ido perdiendo la cabeza, hasta el extremo de que empezó a insultar a la gente y a volverse muy agresivo. Los médicos le dijeron a la familia que había que internarlo en un psiquiátrico, pero no tenían dinero para pagarlo y decidieron esconderlo en su casa. Desde entonces habían pasado veinte o treinta años.
—¿Usted podría venir a mi casa? —me preguntó aquella pobre mujer—. Y aunque sea desde lejos, porque es peligroso, a lo mejor puede usted echarle un poquito de agua de Lourdes y enseñarle a la Virgen para que pueda verla…
Aquello parecía de película. Llevamos a la Virgen hasta la casa. En el sótano, al que se accedía por una trampilla de madera, había una escalera. Allí era donde vivía Pedro, que iba vestido con un traje de pana. No pudimos meter la imagen de la Virgen por la trampilla, pero la asomamos para que él la viera. La familia me pidió que le bendijera desde arriba con agua de Lourdes, que con eso bastaba, pero sentí un impulso y decidí meterme en el sótano para hablar con él.
Se sentó y empezamos a hablar, pero todo el pueblo estaba asomado por la trampilla, así que pedí que la cerraran y me quedé solo con aquel hombre. Le pregunté si quería confesarse y me contestó que estaba deseando, de modo que le confesé. Pedro se quedó muy tranquilo y muy contento. En ningún momento se mostró violento.
La noticia de que Pedro estaba vivo dejó impactado al pueblo entero. Pero una semana después me llamó su hijo para informarme de que Pedro había fallecido.
—Por favor, Padre Ignacio, ¿podría usted venir a celebrar el funeral?
—Siento muchísimo que su padre haya fallecido…
—No, no se preocupe, Padre. Usted no se imagina lo que ha supuesto para nosotros. Hemos estado tantísimos años escondiéndole… Mi hijo solo había conocido a su abuelo como un loco, pero a partir del momento en que vio a la Virgen, cambió completamente. No sabe los consejos que nos ha dado esta semana y cómo le hablaba a mi hijo, su nieto. Ha sido como tener un ángel en casa. Estoy convencido de que mi padre está en el cielo. Estamos felices de ver cómo se lo ha llevado la Virgen.
Cuando llegué, el pueblo seguía conmocionado. El funeral de Pedro fue multitudinario. Llevamos el féretro hasta el cementerio con otra imagen de la Virgen de Lourdes, sabiendo que Pedro ya estaba con Ella.
Cuando vino la Virgen peregrina estuvo todo el tiempo en la plaza del pueblo y fue tal la impresión y la alegría de la gente que, de común acuerdo, decidieron cambiarle el nombre y ponerle «Plaza de la Virgen de Lourdes».
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