No es fácil imitar a Jesús
Texto sacado del libro El Secreto es Jesús.
A Jesús le repugnan muchas de las cosas que tiene que hacer, pero las hace por amor.
Reconozco que a veces me cuesta imitarle e ir por esos apriscos con Él, por lo que no me queda más remedio que rezar mucho y pedirle fuerzas al Espíritu Santo y a la Virgen María.
El mayor deseo de Jesús es hacer la voluntad del Padre, y eso no es fácil, especialmente en lo tocante a una de las grandes características del cristianismo: amar y perdonar a los enemigos. A mí personalmente es lo que más me cuesta, y creo que si algo he conseguido en ese sentido es por pura gracia de Dios.
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Le gusta acercarse a las llagas de los leprosos y tocarlas, y quiere que yo las toque. Me pide que esté ahí, que me acerque no solo a las heridas físicas sino también a las heridas del alma. Tiene necesidad de llegar a todas las almas y no le importa quizá acercarse al pecado para llegar al pecador. Por eso está junto a las personas que no son gratas. Nadie quiere estar con los que resultan desagradables.
A Jesús, sin embargo, le vemos con los fariseos, que decían cosas que no eran capaces de cumplir (pero sí obligaban al resto a cumplirlas); le vemos con los escribas, que ponían la ley por encima de las personas; con las prostitutas, que vivían en los márgenes de la sociedad…
Cuando estuve en Puerto Maldonado tuve que convivir con las prostitutas durante seis años en la misma plaza. Si bien es verdad que en El fuego de María cuento cómo se pusieron delante de los niños como escudos humanos en lo que fue una gran demostración de valentía, no era fácil vivir en aquel barrio. El trato con ellas era muy complejo, y por eso a mí me llama muchísimo la atención ver que Jesús permite que las prostitutas se acerquen a Él.
Eso de que se puede ser prostituta y luego cambiar de vida no es concebible ahora en Perú, y no lo era tampoco en la época de Jesús.
No existía la conversión. Jesús es absolutamente rompedor y nos ama tanto que, al acercarse a las personas metidas en las situaciones más desagradables, no le importa ponerse de barro hasta las orejas.

Los lugares de prostitución suelen estar algo apartados porque es un mundo donde hay droga y abundan las borracheras, la delincuencia y las peleas. Y Jesús se acerca hasta allí —de otro modo no se habría encontrado con las prostitutas, que en Israel estaban muy marcadas—. La conclusión que saco es que Jesús estaba cerca, en las periferias, entre la gente, en la calle, con los leprosos a los que expulsaban de las ciudades, con los ciegos al borde de los caminos…
Ir a la parroquia y dar catequesis es muy fácil; en las periferias, como decía el Papa Francisco, las cosas no son tan sencillas. A mí, por ejemplo, me cuesta mucho tratar con los ciegos, pero no con los ciegos físicos que no pueden ver, sino con los que no tienen la luz de la fe y no creen. Nunca he sido capaz de predicar algo que yo no intente vivir, y desde la experiencia física del contacto con Jesús procuro estar con ellos con mi testimonio de vida, pidiéndole incesantemente al Señor que recobren la vista.
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El Evangelio nos habla de que, estando Jesús en casa del fariseo, entró «una mujer que había en la ciudad, una pecadora» que, «al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume».
¿Qué pensó el fariseo al ver aquello? El Evangelio sigue: «Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: “Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora”».
El fariseo no expresó esos pensamientos en voz alta, pero sin embargo Jesús, que sabía lo que estaba pensando, le habló del prestamista que tenía dos deudores a los que perdonó su deuda, y le explica: «¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entró no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume».
Hay que tener una inmensa capacidad de amar para dejarse tocar por una mujer así, con lo que eso significaba para los judíos, pero aún mucho más importante es la capacidad de creer en esa persona.
Cuando Jesús alaba la actitud de esa mujer y se da cuenta de que está arrepentida, la defiende ante Simón («tú no me has dado agua para los pies», «tú no me diste el beso de la paz», «tú no me ungiste la cabeza con ungüento»… y «ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos», «desde que entró no ha dejado de besarme los pies», «me ha ungido los pies con perfume»), y no solo la defiende, sino que le perdona los pecados, y así se lo dice primero a Simón y luego a ella: «Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco». Y después, dirigiéndose a la mujer, Jesús le dijo: «Han quedado perdonados tus pecados», «tu fe te ha salvado, vete en paz».
Este es el gran atractivo del Señor. ¡Qué Corazón tan inmenso! ¡Qué capacidad de amar y de confiar en las personas!
Cuando en la cruz le dice al buen ladrón —¡a un ladrón!—: «Hoy estarás conmigo en el paraíso», se está agarrando a un resquicio de arrepentimiento para salvarle.
