Quiero tener un papá, ¿puedes serlo tú?
Rubén tenía catorce años cuando vino al Hogar Nazaret.
Aunque ya era adolescente, vivía siempre en un estado de miedo continuo. Tenía una enorme necesidad de protección. Sus circunstancias familiares eran muy complicadas, por lo que sufría una situación de desamparo.
Al principio le costó mucho adaptarse. Llevaba apenas un mes con nosotros cuando decidió marcharse.
Antes de que se fuera, le expliqué lo importante que era.
Había en ese momento unos cuarenta niños en la casa, pero le dije que yo le necesitaba a él, que la casa no volvería a ser la misma si él no estaba.
Me dio la sensación de que le sorprendió comprobar cuánto le quería, pero eso no cambió su decisión.
Recé mucho por él hasta que, pasado un mes, volvió al Hogar.
—¿Por qué vuelves? —le pregunté.
—Porque quiero tener un papá. ¿Puedes serlo tú?
—¡Claro, hijo!
No fue fácil demostrarle lo mucho que le quería. Es posible que no estuviera acostumbrado a que le hicieron caso. Poco a poco fue descubriendo a Dios.
En realidad, lo que yo buscaba no era que él me quisiera a mí, sino que Dios fuera importante en su vida.
Lo maravilloso fue que Rubén, por primera vez, se sintió único, y porque se sintió único, descubrió a Dios.
—A pesar de lo muchísimo que yo te quiero, hijo, créeme que no es ni siquiera una milésima parte de lo que te ama Dios.
—le expliqué-. Él te quiere infinitamente más que yo.
Rubén empezó a confesarse con frecuencia, a comulgar y a rezar con mucha devoción a la Virgen María. El rosario era su arma. Le daba mucha fuerza y le hacía ganar en seguridad en si mismo.
