Soy un adicto al Señor
En el seminario no entendían que fuera a Misa todos los días y no me daban permiso para asistir cada dia. Ellos entendían la vida cristiana de una manera muy distinta a la mía y sólo celebraban misa dos días entre semana. Los fines de semana nos íbamos a casa con nuestras familias e íbamos a misa por nuestra cuenta.
No podía aguantar sin mi misa diaria.
Padre Ignacio María Doñoro
Estaba, y sigo estando, enganchadísimo. ¡Soy un adicto al Señor! Me pongo malo, incluso físicamente, si no puedo recibirle.
Lo hablé con Jesús y le propuse un trato: «Señor, yo no puedo vivir sin ti. ¡Soy tan débil y te necesito tanto! Mira, si a ti te parece bien, hacemos un pacto: yo rezo las tres partes del rosario (entonces no estaba todavía la cuarta, pero rezaba varios rosarios al día) y a cambio Tú me das la posibilidad de ir a misa y recibirte».
Iba a misa como si al día siguiente no pudiera asistir y saboreaba cada momento con una gran intensidad. Me sabía todas las misas de Bilbao de la mañana a la noche y, a la mínima oportunidad, me escapaba para recibir a Jesús.
Estuve en Bilbao cinco años y nunca me quedé sin misa. Siempre pasaba algo especial y podía recibir a Jesús, y también confesarme.
Había momentos en que llegaba a la residencia de los jesuitas en Bilbao, donde había Adoración Eucarística, y eso ya era lo máximo. ¡Me quería comer al Señor! Igual que pasa con los bebés, que te entran ganas de comértelos, yo me quería comer a Jesús. Esa era mi recompensa.
