El día de mi ordenación sacerdotal
Me ordené sacerdote el sábado 7 de octubre de 1989 en el monasterio de las Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Inmaculada de Cuenca. Es un lugar donde las monjas están velando al Señor las 24 horas del día.
El día 8 de octubre tuve la suerte de celebrar misa en la ermita de la Virgen de las Angustias, la patrona de Cuenca. La ermita está en un enclave privilegiado, en mitad de la montaña. Para mí tenía un significado especial, porque durante el tiempo que había pasado en Cuenca había acudido allí en numerosas ocasiones a rezar el rosario.
¡Me parecía tan increíble poder celebrar la Santa Misa! Era una explosión de amor tan grande que el corazón se me ponía a cien, como si me fuera a estallar. Al mismo tiempo, tenía la sensación de llorar por dentro. ¡Menos mal que era joven, porque si no, yo creo que me habría dado un infarto! La mezcla de emociones era tan brutal y me sentía arrebatado de tal manera que pensaba:
«Señor, ¡qué bonito! Vas a esperar a que celebre mi cantamisa, ¿verdad?, y luego me moriré. Porque, ¿sabes, Señor? Yo me voy a morir de amor».
Mi cantamisa fue el 12 de octubre, día de la Virgen del Pilar, y estaba tan absolutamente convencido de que después me iba a morir que no me preocupé de preparar el traslado a mi destino, Mota del Cuervo, donde tenía que incorporarme el 15 de octubre. Estaba deseando morirme para encontrarme con el Señor, y pensaba que el cielo sería una misa muy larga, por toda la eternidad. Tampoco quise abrir los regalos de mi ordenación porque no me pareció práctico. ¿Para qué iba a desenvolverlos, con lo bien empaquetados que estaban? Era mejor dejarlos sin tocar para que así se los pudieran regalar a otro.
Contra todo pronóstico, llegó el día 15 y no me había muerto. Tuve que organizarme a toda velocidad para llegar a Mota del Cuervo, porque no tenía todavía el carnet de conducir y la combinación de autobuses no era sencilla.
La profundidad de la mirada de San Juan Pablo II
Cuando me ordené sacerdote, me ordené con sotana. A mí me habían dicho muchas veces en Bilbao que un cura con sotana era lo peor que podía haber, porque apartaba a la gente de la fe (en el sentido de que la asustaba). Ahora se ven más sotanas, pero cuando yo me ordené en 1989, el sastre que me la hizo en Madrid hacía solamente dos al año.
Juan Pablo II era mi referente, mi director espiritual —por decirlo de alguna manera—, porque yo contrastaba todo lo que hacía con sus actuaciones, sus encíclicas, sus cartas, etc. Le admiraba y le quería muchísimo. Es más, yo soy sacerdote gracias a él. Así de fuerte.
En el seminario tenía a todo el mundo en contra e, inevitablemente, eso me hacía cuestionarme si no sería yo quien llevaba el paso cambiado. Al final me entraban remordimientos y me preguntaba si estaría actuando bien o si, por el contrario, era un radical y un retrógrado. Mis profesores de la universidad tenían una forma de pensar muy similar a la de los formadores del seminario, así que yo era la nota discordante. Afortunadamente, tenía la posibilidad de acudir a la doctrina del Papa Juan Pablo II y a las Jornadas Mundiales de la Juventud, que me marcaron mucho.
El encuentro en la Almudena
Con motivo de la consagración de la catedral de la Almudena, en Madrid, el 15 de junio de 1993, hubo una pequeña locución para seminaristas y sacerdotes. Éramos unos dos mil. Cuando terminó la locución, todos querían tocar y saludar al Papa. La policía hizo un cordón en el lado derecho.
Yo conocía a un sacerdote que ayudaba en actos de la Policía Nacional y de la Casa Real. Estaba allí y vi que, en lugar de irse para la derecha para saludar al Papa, se fue hacia el lado izquierdo, cosa que me llamó muchísimo la atención. Pensé que todo era una estrategia para despistar y que así el Papa pudiera salir rápidamente. Salí corriendo con mi sotana (tenía entonces 29 años) y di toda la vuelta para ponerme al lado de aquel sacerdote en el lado izquierdo. Tanto corrí que casi choco con Juan Pablo II.
Fue una cuestión de décimas de segundo. De repente, me di cuenta de que el Papa estaba delante de mí. Me tiré al suelo de rodillas. La Policía se me echó encima, pero Juan Pablo II hizo un gesto para que me dejaran solo con él. Me agarró las dos manos y me miró a los ojos. Fue uno de los momentos más maravillosos de mi vida, porque vi a Jesús en su mirada. Me miró de tal manera que sentí dentro de mí como si me dijera:
«Lo has hecho bien. No tengas ningún tipo de remordimiento. Tranquilo. Has sido fiel. Estoy contento. Adelante y enhorabuena».
Eso sentí que me decía el Papa, ¡y no me habló! Se me puso un nudo en la garganta y no fui capaz de decirle nada. Él tampoco había dicho nada, y a la vez, me lo dijo todo. Y yo sentí claramente al Espíritu Santo. Era Dios el que me sonreía a través de la mirada y de la sonrisa del Papa Juan Pablo II. Fue algo muy especial que me cambió la vida a muchísimo mejor, porque terminó con todas las dudas que me habían estado atormentando durante años.
La huella de los santos
Los santos transmiten a Dios porque están llenos de Dios. Es Dios quien habla a través de ellos. Esa sensación que tuve aquel día con el Papa Juan Pablo II la he tenido otras dos veces:
- Una con Monseñor José Guerra Campos, el obispo de Cuenca que me ordenó.
- Otra con el Cardenal Robert Sarah.
Con san Juan Pablo II lo que me provocó la sensación de estar viendo a Dios fue su mirada, profundísima. Sonreía con los ojos de una manera espectacular. Con el cardenal Robert Sarah fueron sus gestos, rotundos; eran los gestos de una persona que tiene muy claro lo que quiere decir. Toda su figura tiene un gran carisma. Ahí estaba Jesús. Monseñor José Guerra Campos también tenía una mirada en la que asomaba una tremenda fuerza interior. Con él podía ver la ternura de Dios.


