Estómagos hinchados por el hambre
Ver estómagos hinchados por el hambre y la enfermedad es algo que con el tiempo asumes, y aunque sigas luchando contra terrible enemigo, haces del hambre tu compañero. Pero hay algo a lo que jamás te acostumbrarás: la falta de amor.
No hay casualidades en el Hogar Nazaret, todo está escrito y previsto.
Aquel día, Él tenía preparada una sorpresa. La situación era divertida, y quise compartirla con mi amiga abogada. Llevaba tres niños en brazos: María enganchada en mi pecho a manera de zurrón, Smith en brazos y Nachito en su sillita. Detrás de mí, veintitrés enanitos que no paraban de jugar.
Quería mostrarle mi habilidad para llevar los tres bebés, pero me hizo pasar a su despacho ¡con los veintiséis niños! Estaba intentando reconciliar a una pareja, el motivo de la disputa es que ninguno de los dos aceptaba a Joel, el hijo adolescente.
El muchacho, jugaba con el móvil, aparentando estar ajeno a la discusión, pero no conseguía disimular su hambre de amor. Vivía en la casa de los abuelos, pero no tenía hogar.
Su desnudez por recuperar su dignidad era un clamor.
Entregó el teléfono a su madre y se quitó la gorra como el que se despoja de un pasado lleno de desencanto. Con una voz, de esas que quedan grabadas para siempre, dijo: “Me quiero ir con este sacerdote, soy todavía un niño”.
Inexplicable lo que se les llega a querer cuando sientes el vacío en sus almas. Tuvo que asumir responsabilidades, cumplir poco a poco los objetivos que nos proponíamos, trabajar mucho la autoestima y Dios hizo lo demás. Apareció un Joel diferente, alegre, seguro de si mismo, sabía querer, se sentía querido.
No solo recuperó las asignaturas que había suspendido en el colegio, sino que recuperó su infancia, era feliz. Faltaba que le devolvieran un derecho fundamental: el derecho de todo niño a tener una familia. Una tarde rompimos el hielo regalando a su madre una pulserita, el pequeño gesto, despertó en la madre la necesidad que tenía de su hijo. La ausencia nos hace valorar en su justa medida a los nuestros.
Otro día comió con sus abuelos…Un fin de semana consiguió quedarse a dormir en aquella casa donde era rechazado. Hoy vive con su madre. Dios lo había llevado al Hogar Nazaret para sanar sus heridas perdonando sin juzgar. Cuánto le echo de menos.

