El amor que transforma: entrevista en Mater Mundi Tv
El padre Ignacio María Doñoro, fundador de Hogar Nazaret, repasa en una entrevista concedida a Mater Mundi los orígenes de una obra que comenzó sin medios y que hoy acoge a cientos de niños. Pero, por encima de cifras, edificios o proyectos, su testimonio gira alrededor de una convicción: una vida profundamente herida puede reconstruirse cuando descubre que es amada.
Hogar Nazaret comenzó prácticamente de la nada. Una casa alquilada, ningún medio económico asegurado y un sacerdote que había decidido adentrarse en la selva peruana para atender a niños que vivían situaciones de extrema vulnerabilidad.
Hoy la realidad es muy distinta. Existen grandes complejos para niños y niñas, nuevas construcciones continúan en marcha y son ya miles los menores que, de una manera u otra, han pasado por la obra o se han beneficiado de ella.
Pero cuando el padre Ignacio mira hacia atrás no atribuye ese crecimiento a una estrategia bien diseñada. Habla, sobre todo, de providencia.
Durante la entrevista recuerda por primera vez una coincidencia que para él tiene un significado especial. Sus primeros recuerdos de infancia, con apenas cuatro años, están ligados a Fátima. Durante años tuvo el presentimiento de que el centenario de las apariciones, el 13 de mayo de 2017, sería una fecha importante.
Ese mismo día se colocaba la primera piedra del Complejo del Rocío.
El proyecto le desbordaba: terrenos, calles, arquitectos, construcciones y una estructura que todavía apenas existía. Su reacción fue ponerse en manos de la Virgen.
«Le dije a la Virgen: “Mira, esto es muy complicado. No tengo ni idea de cómo vamos a funcionar. Pero esto te vas a encargar tú. Y de los chicos me encargo yo”. La verdad, ella se encargó de una manera increíble».
Esa confianza mariana sigue siendo una de las señas de identidad del Hogar. El Rosario forma parte de la vida cotidiana y el padre Ignacio resume la espiritualidad de la casa en dos pilares: la Virgen y la Eucaristía.
No lo presenta únicamente como una cuestión devocional. Para él, esa experiencia de fe está estrechamente relacionada con el proceso de reconstrucción de los niños.
Cuando un niño vuelve a descubrir que es amado
Los menores que llegan a Hogar Nazaret han vivido, en muchos casos, situaciones difíciles de imaginar. Abandono, violencia, abusos, pobreza extrema o entornos familiares profundamente desestructurados.
El padre Ignacio cuenta que existe casi una sensación recurrente: cada vez que llega un nuevo niño se piensa que probablemente es el caso más duro que han conocido. Poco después aparece otro cuya historia parece superar a la anterior.
Sin embargo, lo que más le impresiona no es únicamente de dónde vienen, sino en quiénes pueden llegar a convertirse.
«Un niño puede vivir las situaciones más terribles que os podéis imaginar. Y el amor no solamente le reconcilia consigo mismo, le hace perdonarse a sí mismo, le hace amar a los demás y entregarse a los demás».
Esta idea atraviesa prácticamente toda la entrevista. Hogar Nazaret no pretende limitarse a proteger al menor durante unos años. Quiere que pueda recuperar aquello que le fue arrebatado: la seguridad, la dignidad, la confianza y, sobre todo, la infancia.
Cuando ese proceso comienza a dar fruto, muchos niños vuelven a sus comunidades y terminan convirtiéndose ellos mismos en agentes de transformación. Algunos colaboran como catequistas, otros ayudan a sus familias y muchos mantienen una relación estrecha con sus parroquias y comunidades.
El padre Ignacio habla de más de tres mil niños alcanzados por esta labor y de cerca de trescientos alojados actualmente en los hogares. Cuando uno de ellos consigue recuperarse y puede regresar a un entorno seguro, explica, su plaza permite atender a otro menor que está esperando.
TE PUEDE INTERESAR: Treinta años en un sótano: El milagro que conmocionó al pueblo
Una obra que tiene que sobrevivir a su fundador
A lo largo de la conversación aparece también una preocupación que ocupa cada vez más al padre Ignacio: preparar Hogar Nazaret para el futuro.
Después de años en los que buena parte del proyecto estuvo inevitablemente ligado a su figura, trabaja ahora para crear estructuras jurídicas, organizativas y humanas que permitan que la obra continúe aunque él ya no esté.
En ese proceso tiene un papel importante Riky Maiky, vicepresidente de Hogar Nazaret y responsable de parte del trabajo psicológico que se desarrolla con los menores.
Para el padre Ignacio, esta transición forma parte de su propia vocación sacerdotal.
«Esa es la misión de los sacerdotes: sembrar. Es verdad que muchas veces cosechamos lo que hemos sembrado, pero es sembrar y sembrar y sembrar».
Su propia historia personal le ha obligado además a pensar con frecuencia en la fragilidad. Hace años atravesó problemas graves de salud y llegó a encontrarse en situaciones límite.
Sin embargo, al hablar de ello desplaza rápidamente la atención hacia lo que considera verdaderamente importante.
«No importa vivir muchos años, sino amar mucho y amar con intensidad».
Esa afirmación ayuda a entender también cómo concibe su sacerdocio. Después de más de tres décadas, reconoce sus propias caídas y debilidades, pero insiste en una certeza: saberse amado por Cristo es precisamente lo que permite recomenzar.
«El Hogar Nazaret se crea para consolar el Corazón de Cristo»
Hay un momento de la entrevista en el que el padre Ignacio formula quizá la explicación más radical sobre el origen de la obra.
Hogar Nazaret, afirma, no nació simplemente como una organización destinada a resolver problemas sociales.
«El Hogar Nazaret no se crea como una ONG para ayudar a unos niños. El Hogar Nazaret se crea para consolar el Corazón de Cristo».
La frase necesita ser entendida desde la lógica que recorre todo su testimonio. El padre Ignacio contempla a los niños heridos a la luz de las palabras de Jesús: «Dejad que los niños vengan a mí».
Su misión consiste en devolverles aquello que les ha sido arrebatado y permitir que recuperen la alegría, la esperanza y la inocencia propias de la infancia.
Por eso habla de «restituir los derechos que les han sido vulnerados» y destaca uno sobre todos ellos: el derecho a ser niños.
La tarea no termina, además, en el menor. Hogar Nazaret intenta trabajar también con sus familias siempre que las circunstancias lo permiten.
El padre Ignacio insiste especialmente en una actitud: no juzgar.
Una madre puede haber abandonado a su hijo o haber tomado decisiones que le hayan causado un enorme sufrimiento. Las responsabilidades legales corresponderán a las autoridades, pero desde el Hogar tratan de no dar por perdida a esa persona.
Ha visto madres que aseguraban que nunca querían volver a ver a sus hijos y que, años después, han conseguido reconstruir su vida y su relación con ellos.
«Aunque una madre renuncie a un hijo —explica—, el hijo tiene derecho a su madre. Hasta Jesús ha querido tener una madre».
Cuando el regreso al entorno familiar es seguro, la aspiración última es precisamente esa: que el niño no solo haya cambiado él, sino que pueda regresar a una realidad que también haya comenzado a transformarse.
TE PUEDE INTERESAR: Conoce la misión del Hogar Nazaret
Dar y darse
En la parte final de la conversación, el padre Ignacio dirige la mirada hacia quienes colaboran económicamente con Hogar Nazaret.
No desprecia la ayuda material. Al contrario: mantener los hogares, alimentar a los niños, pagar tratamientos médicos, operaciones, colegios o nuevas instalaciones requiere una cantidad enorme de recursos.
Pero introduce una distinción que considera fundamental: no es lo mismo dar que darse.
Él mismo recuerda una etapa de su vida en la que tenía seguridades económicas y colaboraba con importantes proyectos humanitarios. Con el tiempo llegó a una conclusión: su llamada personal no consistía únicamente en enviar recursos, sino en entregar la vida.
No todos tienen esa misma vocación. Pero sí cree que cualquier persona puede participar de esa lógica de entrega.
Una aportación de diez o veinte euros al mes puede parecer pequeña frente a las necesidades del proyecto. Él propone mirarla de otro modo: como una oportunidad concreta para amar.
Y termina la entrevista llevando la reflexión mucho más lejos que las necesidades económicas de Hogar Nazaret.
Llegará un momento, dice, en el que cada uno tendrá que preguntarse qué ha hecho con su vida y cómo llegan sus manos ante Dios.
La fe ya no será necesaria porque Dios será contemplado cara a cara. Tampoco la esperanza, porque aquello que se esperaba ya se habrá cumplido.
«Pero el amor es lo que queda».
La entrevista completa al padre Ignacio María Doñoro puede verse en Mater Mundi.
QUIERO AYUDAR: COLABORA CON HOGAR NAZARET
